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La magia del perro en China y el mundo.
Pedro Ceinos Arcones. 2ª ed. 2019. 206 pp.
Ebook: 3.75€. En papel: 8.39€

El perro es el mejor amigo del hombre, el primero de los animales que le acompañó en sus correrías sobre la tierra, el que ha mantenido una relación más íntima con él, y al que con más frecuencia permite vivir en su propia casa. Miles de años de convivencia han forjado estrategias comunes de supervivencia entre perros y personas, basadas en originales formas de comunicación y el desarrollo de profundos sentimientos. Su amistad es un fenómeno universal que se extiende del trópico al polo y por los cinco continentes. Situado en la frontera entre los animales y el hombre, los seres humanos le han atribuido cualidades misteriosas y poderes inefables, dando origen a una rica recreación cultural de su imagen y a una compleja simbología canina.

 

El perro en las tumbas antiguas de China
En China se han descubierto perros enterrados con sus dueños en yacimientos arqueológicos pertenecientes a las más importantes culturas. Uno de los más antiguos es el de Jiahu, en Wuyang, de hace unos 9.000 años, donde los once perros enterrados en sus residencias y cementerios sugieren ya complejos sistemas simbólicos y evidencias de rituales chamanísticos, caracterizados por la costumbre de enterrar perros en las tumbas y en las fundaciones de las casas. Un ritual que se mantendrá vivo durante miles de años, habiéndose descubierto también en la aldea neolítica de Bampo, habitada hace unos 6.000 años, así como en asentamientos posteriores de la época histórica (Underhill 2013: 224, Yuan 2008).
Perros acompañando a los muertos se han descubierto en los complejos funerarios de otros asentamientos humanos, pues en tumbas que gradualmente van adquiriendo una mayor sofisticación, y que tal vez pertenecieran a la clase dirigente, se incluyen símbolos que señalan la creencia en una nueva vida (marcas de color rojo, el color de la vida), tal vez en otro mundo semejante al de los vivos (enterramientos con objetos rituales y otros de uso cotidiano) y un proceso o camino que el alma debe transitar (con ayuda del perro).


Otros restos antiguos sugieren que el perro era el compañero del hombre, pues el análisis de ciertos isótopos en sus huesos muestra que la alimentación del perro y la del hombre eran semejantes. Además, en los huesos de ciervos y otros animales consumidos por su carne no se han descubierto marcas de dientes de perro, mientras que sí las hay de dientes de ratas y otros carnívoros, lo que señala que los perros no se alimentaban con los desechos, sino que su papel en la economía familiar era suficientemente valioso como para alimentarlos con cuidado. Por otra parte, el patrón general de osamentas caninas, muchas veces enteras y sin marcas de cortes en sus huesos, suele responder más al de las osamentas humanas que al de los animales consumidos por su carne, generalmente descuartizados para ser manejados con más facilidad. Por último, los diferentes tamaños de los perros desenterrados de este largo periodo muestran que en China ya se estaban seleccionando diferentes razas de perros adaptadas a sus distintas labores (Wang 2011).

El perro como elemento funerario alcanza gran exuberancia durante la dinastía Shang (s. XVI-XI a.n.e), cuando las tumbas de los más poderosos se ven amuebladas con una sorprendente cantidad de objetos de bronce, algunos de magnífica factura y aumenta tremendamente la cantidad de víctimas sacrificiales, incluyendo víctimas humanas. En medio del ardor imperial que da lugar a masivos sacrificios de enemigos para su uso en tumbas y la consagración de edificios públicos, el perro sigue jugando un papel estelar. Su presencia acompañando a su amo en el viaje al más allá es una constante. Hasta en enterramientos relativamente humildes sorprende encontrar un perro. Sabemos que no está como guardián porque no está en la puerta, sino al lado del finado, generalmente justo debajo de él, mirando en la misma dirección, algunas veces en su propio ataúd. No está de guardia, es el guía y compañero de viaje. El compañero de los muertos por excelencia.

Un examen de las inscripciones en huesos oraculares, la primera escritura china, ampliamente utilizada durante esta dinastía con fines adivinatorios nos muestra que el perro era uno de los sacrificios de elección para las deidades de los vientos. Posiblemente por su posición en el límite de los mundos también se sacrificaba en rituales relacionados con las deidades de las direcciones y de las lluvias (Eno 2010). El sacrificio de perros era corriente en la fundación de las ciudades y edificios públicos, así como para rendir culto a las deidades de la tierra, pues aparecen enterrados. Durante esta dinastía había criaderos de perros, donde se seleccionaban ejemplares para la caza y el sacrificio. La caza tenía para los Shang un carácter ritual y militar, pues mostraban al soberano en su doble dominio del mundo natural y humano, como el señor de la naturaleza y propietario de las tierras que habitan los hombres. Durante la caza el rey iba acompañado por numerosos perros criados por funcionarios especializados, estacionados cerca de los terrenos de caza.

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