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El monasterio de la Montaña de Jade
Peter Goullart. 1ª edición en español. 2019
Páginas: 202

          A lo largo de su descripción de sus relaciones con los mojes taoístas, el autor nos describe los fundamentos de esta religión, las actividades en los templos, y las ceremonias y exorcismos más interesantes, así como las enseñanzas que va recibiendo de cada uno de los taoístas con los que se relaciona. La suma de los acontecimientos aparentemente dispersos va mostrando una definición muy real de la teoría y práctica de la filosofía y religión taoístas, según se vive entre las diferentes escuelas.. 


Un anciano monje taoísta

              Entramos en un gran salón de huéspedes ricamente adornado con antigüedades de jade y porcelana y viejos pergaminos. Alrededor de una gran mesa en la esquina estaban sentados todos los sacerdotes mayores del monasterio, a quienes no había conocido, junto con el abad Lee Lisan. Me hizo un gesto para que me sentara al lado de un viejo monje que inmediatamente se enredó en una conversación.

             Era la imagen viviente de un antiguo anacoreta, tal como se describe en los escritos y pinturas clásicas chinas, y me recordó de inmediato a Lao Shouxing, el Espíritu del Planeta Venus: ese anciano con un cayado de pie junto a un ciervo, al que asisten una bella doncella y un niño pequeño que sostiene una bandeja de Melocotones de la Inmortalidad. Muchas teteras de porcelana en China llevan este cuadro. O se parecía a uno de esos inmortales de las pinturas de la dinastía Song que mostraban a un grupo de ancianos disfrutando alegres de un picnic secreto en el aislamiento de las montañas azules. Su cara no tenía arrugas y sus mejillas brillaban como manzanas rojas, enmarcadas en largos bigotes blancos.  Su barba nevada caía casi hasta sus rodillas en largos mechones plateados, y ojos alegres y pícaros parpadeaban bajo sus pobladas y blancas cejas. Como los antiguos, era calvo, con la frente alta.

 A diferencia de los demás, no llevaba la túnica negra taoísta, sino una prenda larga típica de la dinastía Zhou de alguna materia gris, que no se diferenciaba del vestido taoísta, pero que tenía mangas aún más anchas y colgaba del cuerpo en líneas clásicas realmente puras de gran belleza y elegancia. Era como un bebé, bromeando y cantando todo el tiempo, y sorbiendo algo de una taza de porcelana. Pensé que era vino, pero en realidad era una especie de zumo de manzana.

            

Lo que Chungan me había dicho sobre la destreza del anciano para caminar se confirmó notablemente. Sentado una tarde en el pequeño templo en la base de la montaña, vi cómo llegaba habiendo caminado todo el recorrido desde el pueblo.  Estaba vestido con una vieja túnica de un azul descolorido con manchas pintorescas de un material más claro aquí y allá, tocado con un enorme sombrero de paja con una punta en forma de pagoda en miniatura, el habitual velo de un taoísta itinerante. Llevaba un largo y retorcido bastón de madera. Acordamos caminar juntos hasta el monasterio, y a pesar de todos mis esfuerzos no pude seguirle el ritmo. Con un guiño astuto continuó el ascenso, sus inmensas mangas ondeando en la brisa como alas. Pronto desapareció entre los cantos rodados mientras yo me sentaba exhausto, mi corazón latiendo con fuerza, para un breve descanso. Le encontré de nuevo por la tarde en la parte de atrás del monasterio donde había una plantación de té. Con una chaqueta corta y pantalones anchos, se paseaba alrededor de un arbusto de té ablandando la tierra. Limpiándose el sudor de sus mejillas sonrosadas, se sentó sobre una piedra y apoyó la barbilla en un azadón. Ahora es el momento de preguntarle algo sobre el taoísmo, decidí, y solté mis preguntas. Me miró con sus ojos inocentes e infantiles, su sonrisa amable pero, pensé, ligeramente irónica.  

            “Tómese su tiempo, observe y aprenda", dijo simplemente. “Las palabras pronunciadas apresuradamente no se adhieren; un vaso de agua vertido en un campo reseco no servirá de nada. Es sólo una lluvia lenta y suave que saturará la tierra y producirá vida." Se quedó callado y listo para reanudar su trabajo.
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